Lo que nunca pasó en el colegio… pasó esa noche 💫🔥

Hay deseos que no caducan.
Se quedan dormidos en un rincón del pecho, esperando el momento exacto para despertar.
El mío llevaba su nombre desde los dieciséis años.

El recuerdo que nunca se borró

Él se sentaba al fondo del salón, dos filas a la izquierda. Reía bajito, dibujaba en los márgenes de su cuaderno y, cuando creía que nadie lo veía, alzaba la vista y me miraba.
Yo fingía tomar apuntes mientras sentía su mirada acariciar mi nuca.
Nunca hablamos más de lo estrictamente necesario. Nunca hubo un beso robado, ni una nota escondida, ni una mano que rozara la otra al pasar la hoja.
Solo una tensión dulce y silenciosa que vibraba entre nosotros cada vez que sonaba el timbre.

La vida nos separó. Universidades, ciudades, relaciones que no llenaban del todo.
Archivé su nombre junto a los “y si…” que una guarda en silencio.
Hasta que una invitación a una reunión de excompañeros apareció en mi teléfono.

El instante en que el tiempo se dobló

Entró al bar y el mundo se detuvo un segundo.
Más alto, más ancho de hombros, barba de tres días perfectamente descuidada, esa misma sonrisa que me desarmaba a los diecisiete.
Sus ojos me encontraron entre la gente y sentí que el suelo se movía bajo mis pies.

—No puede ser tú —dije cuando se acercó.
Él sonrió, inclinó ligeramente la cabeza.
—Pensé exactamente lo mismo. Estás… imposible. Pero tus ojos siguen siendo los mismos.

Hablamos entre risas y recuerdos. Cada copa que compartimos era una excusa para acercarnos más. Cada mirada duraba un latido de más. Cada roce accidental de dedos al pasar el vaso era una chispa.

El baile que el destino nos debía

La música bajó de volumen y se volvió lenta, íntima.
Él miró la pista y después a mí con esa sonrisa ladeada que yo recordaba perfectamente.
—¿Te debo un baile desde la kermés del 2009, o me lo estoy imaginando?
Reí. Recordaba cada segundo de aquel “¿quieres…?” que el timbre interrumpió para siempre.
—Creo que sí me lo debes.

Me ofreció la mano. La tomé y sentí su calor subir por mi brazo.
Bailamos pegados. Mis manos en su nuca, las suyas en la curva de mi cintura. Su aliento rozando mi oído.
—Siempre quise hacer esto —susurró.
—¿Bailar?
—No. Tenerte así de cerca.

El primer beso fue suave, casi reverente.
El segundo fue distinto: fue el “por fin” que llevábamos años esperando.
Sus labios sabían a nostalgia y a deseo contenido. Sus manos subieron por mi espalda, atrayéndome más contra su pecho. Sentí mi cuerpo responder antes de que mi cabeza pudiera decidir nada.

La decisión que se tomó sin palabras

Salimos del bar envueltos en una burbuja de calor.
La noche estaba fría, pero nuestras manos entrelazadas ardían. Caminamos rápido las cuatro cuadras hasta mi departamento, deteniéndonos cada tanto para besarnos contra una pared, contra un árbol, contra el mundo entero.

En el ascensor me miró serio, los ojos oscuros y brillantes.
—¿Segura?
Asentí, con el corazón latiéndome en la garganta.
—Más que nunca en mi vida.

Cuando la puerta se cerró y solo quedamos nosotros

Dentro, la luz tenue del salón nos envolvió como terciopelo.
Nos miramos un segundo, respirando fuerte, sonriendo nerviosos, felices.
Él tomó mi rostro entre sus manos y me besó despacio, profundo, como quien por fin puede saborear algo que esperó toda la vida.

Sus dedos temblaron apenas al bajar la cremallera de mi vestido. Yo temblé más al desabrochar su camisa. Nos fuimos despojando de la ropa con una lentitud casi religiosa, como quien abre un regalo largamente deseado.
Cuando quedé solo en lencería negra de encaje, él se detuvo y me miró con una mezcla de admiración y gratitud que me hizo sentir la mujer más deseada del planeta.

Me tomó en brazos y me llevó al dormitorio. Me depositó sobre las sábanas blancas con cuidado infinito, como si temiera romper algo muy frágil y muy valioso. Se quedó de pie un instante, memorizando cada curva bajo la luz tenue. Luego se inclinó y empezó a besarme desde la frente hasta los tobillos, pidiendo permiso en cada centímetro de piel con sus labios.

El instante en que todo el pasado se hizo presente

Cuando llegó a mi vientre, alzó la vista buscando mis ojos. Asentí apenas.
Deslizó la última prenda con suavidad infinita y se acomodó entre mis piernas.
Su boca fue tierna al principio, exploradora, como quien redescubre un mapa que guardó en la memoria. Después más segura, más profunda, más conocedora.
Cada caricia era una disculpa por los años perdidos y una celebración por los que empezaban ahora.
Sentí el placer subir lento, constante, inevitable. Cuando me atravesó como una ola, cerré los ojos y dejé que las lágrimas rodaran. Él subió, me abrazó fuerte y me dejó temblar contra su pecho mientras besaba cada lágrima.

Sacó un preservativo de su billetera con manos que apenas temblaban —un gesto responsable y tierno que me enamoró aún más— y se colocó sobre mí.
Se acomodó despacio, rozando, esperando.
Entró centímetro a centímetro, mirándome a los ojos todo el tiempo, como si quisiera grabarse cada sensación.
Cuando estuvimos completamente unidos, nos quedamos quietos un largo instante, respirando juntos, con lágrimas silenciosas en las comisuras de los ojos.
Era él. Era yo. Éramos nosotros. Por fin.

El ritmo que encontramos después de tantos años

Empezó a moverse con una lentitud que dolía de tan deliciosa.
Cada embestida era una frase que nunca nos dijimos en los pasillos del colegio.
Mis manos recorrían su espalda, sus hombros, su nuca. Sus labios no dejaban de besar mi cuello, mi clavícula, mis labios.
El placer crecía en espiral, lento, profundo, inevitable.

Me pidió con un susurro ronco que me pusiera encima.
Lo hice temblando de emoción. Al sentarme sobre él y sentirlo tan dentro, solté un suspiro largo, casi un sollozo de felicidad.
Me moví despacio al principio, saboreando cada sensación, mirándolo a los ojos.
Él me sujetaba las caderas, pronunciaba mi nombre como una plegaria, sus dedos se clavaban apenas en mi piel.
Aceleré el ritmo cuando ya no pude contenerme. Él alzó las caderas para encontrarse conmigo, para profundizar cada movimiento.
Sentí que el mundo se reducía a nuestros cuerpos, a nuestras respiraciones, a ese latido compartido.

Nos giramos otra vez. Me colocó de lado, se acomodó detrás, levantó mi pierna con suavidad y volvió a entrar abrazándome fuerte.
Así, piel con piel, pecho contra espalda, fue la intimidad más grande que había sentido nunca.
Cada movimiento suyo era una caricia al alma. Giré la cabeza para besarlo y nos besamos torpe, húmedo, desesperado, mientras él seguía moviéndose dentro de mí con una cadencia perfecta.

Cuando el placer se volvió insoportable, apreté su mano y le susurré que no parara nunca.
Aceleró apenas, lo justo, lo necesario.
Me deshice abrazada a él, temblando entera, sintiendo que todo mi cuerpo se abría como una flor al sol.
Segundos después lo sentí tensarse, empujar muy hondo y quedarse ahí, temblando, mientras se dejaba ir con un gemido largo, roto, casi un sollozo de alivio y felicidad.

Después… la calma más bonita del mundo

Se quedó dentro un rato eterno, abrazándome fuerte, los dos respirando como si hubiéramos corrido una maratón emocional.
Después salió con cuidado, se quitó el preservativo y volvió a la cama para abrazarme cara a cara.
Nos miramos en silencio, con los ojos brillosos, y sonreímos como dos adolescentes que acaban de descubrir el amor.

—Perdón por tardar tanto —susurró contra mi pelo.
—Llegaste justo cuando ya sabía exactamente cómo quería que me quisieras —respondí, besándole el pecho.

No supimos esa noche si sería una sola vez o el comienzo de algo más.
Pero eso ya no importaba.
Lo que nunca pasó en el colegio… por fin había pasado.
Y valió cada segundo, cada mirada, cada latido de espera. 💫❤️

Consejos útiles para cuando el pasado llama a tu puerta

  • Deja que la nostalgia te guíe, pero vístela con tu lencería sexy favorita: te hará sentir poderosa y deseada.
  • Elige preservativos ultrafinos: casi no se sienten y permiten que la conexión sea absoluta.
  • No tengas prisa: lo que se esperó años merece ser disfrutado despacio, suspiro a suspiro.
  • Permítete llorar de emoción: a veces el orgasmo más intenso es el que libera también el corazón.
  • Escucha su respiración, siente sus temblores: ahí está la verdadera historia que nunca se contó.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *