La noche en que mi jefe descubrió que llevo lencería roja debajo del traje 🔥

Hay tensiones que se disfrazan de correos formales, de “buenos días” en el ascensor y de miradas que duran medio segundo de más.
Durante dos años, él fue mi jefe.
Durante dos años, yo fui la chica que llegaba antes que nadie y se quedaba después que todos.
Durante dos años, los dos fingimos que no pasaba nada.
Hasta esa noche.

El proyecto que nunca terminaba

Eran las nueve y media de la noche y la oficina estaba completamente vacía. Solo quedábamos él y yo, rodeados de gráficos, tazas de café frío y la luz fría de las pantallas.
La presentación para el cliente estrella era al día siguiente y aún faltaba el cierre perfecto.

Me quité la chaqueta del traje. Debajo llevaba una blusa de seda blanca que se pegaba un poco al cuerpo después de tantas horas. Él alzó la vista un segundo más de lo necesario.
—Estás agotada —dijo, con esa voz grave que siempre me hacía apretar los muslos sin querer.
—Estoy bien —mentí, estirándome—. Solo necesito cinco minutos.

Me levanté para ir al baño. Al pasar junto a su silla, mi cadera rozó apenas su hombro. Sentí la electricidad saltar entre nosotros como siempre, pero esta vez ninguno fingió que no había pasado.

El momento en que la máscara cayó

Cuando volví, él estaba de pie junto a la ventana, con las manos en los bolsillos y la ciudad encendida a sus espaldas.
Me quedé en la puerta, mirándolo.
—Señor… ¿pasa algo?
Se giró lentamente.
—Llevo meses queriendo decirte algo y nunca encuentro el valor —confesó—. Pero ya no puedo más.

Di un paso hacia él.
—Dímelo ahora.

El silencio duró tres segundos que pesaron como años.
Después dio dos zancadas, me tomó por la cintura y me besó como si llevara toda la vida esperando permiso.
No fue un beso tímido. Fue un beso hambriento, profundo, que sabía a café y a deseo reprimido durante demasiadas reuniones.

La mesa de reuniones que fue testigo

Me alzó sin esfuerzo y me sentó sobre la mesa grande de la sala de juntas. Los papeles se desparramaron. A ninguno le importó.
Sus manos subieron por mis muslos, abriendo lentamente mi falda lápiz. Cuando llegó al liguero rojo que llevaba debajo, se detuvo y soltó un gruñido bajo contra mi cuello.
—¿Esto lo llevas todos los días debajo del traje? —preguntó, con la voz ronca.
—Solo los días que sé que vas a mirarme más de lo debido —susurré.

Me besó el cuello, la clavícula, bajó los tirantes de la blusa con una lentitud que era casi tortura.
Sus labios recorrieron mi piel mientras sus dedos desabrochaban botón por botón, hasta que la blusa cayó abierta y la lencería roja quedó completamente a la vista.
Me miró como si estuviera viendo el amanecer después de años de oscuridad.

Cuando la oficina se convirtió en nuestro mundo

Me recostó despacio sobre la mesa fría. El contraste con su boca caliente me hizo arquear la espalda.
Sus manos exploraban cada centímetro que siempre había estado prohibido: la curva de mis pechos por encima del encaje, la línea de mi cintura, el interior de mis muslos.
Cada caricia era una pregunta; cada suspiro mío, una respuesta.

Me bajó las bragas con una lentitud deliberada, besando cada trozo de piel que iba descubriendo.
Cuando su boca llegó a donde más lo necesitaba, cerré los ojos y me aferré al borde de la mesa.
Fue suave al principio, como quien redescubre un secreto. Después más intenso, más seguro, más profundo.
Sentí el placer subir en oleadas lentas y poderosas hasta que me rompí en un orgasmo silencioso, mordiéndome el labio para no gritar su nombre en toda la oficina.

Se incorporó, se desabrochó el cinturón con manos temblorosas y sacó un preservativo del bolsillo interno de su chaqueta —siempre preparado, siempre responsable, incluso en medio del incendio—.
Me miró a los ojos mientras se lo colocaba.
—Dime que pare si quieres —susurró.
Lo atraje hacia mí con las piernas.
—Ni se te ocurra.

El instante en que todo dejó de ser profesional

Entró despacio, centímetro a centímetro, mirándome a los ojos todo el tiempo.
Cuando estuvo completamente dentro, se quedó quieto un segundo eterno, respirando contra mi cuello.
Después empezó a moverse: primero lento, profundo, como si quisiera grabarse cada sensación.
Mis manos se aferraban a su espalda, sus labios no dejaban de besar los míos.
El ritmo fue creciendo, constante, inevitable, perfecto.

Me giró con cuidado, me puso de pie y me inclinó sobre la mesa.
Volvió a entrar desde atrás, una mano en mi cadera, la otra enredada en mi pelo.
Cada embestida era una declaración. Cada jadeo suyo, una confesión.
Sentí que el placer volvía a construirse, más intenso, más urgente.

Me levantó, me sentó otra vez en la mesa y me tomó de frente, cara a cara.
Nos miramos mientras él aceleraba, mientras yo me deshacía otra vez.
Cuando ya no pudo más, se hundió profundo, temblando entero, y se dejó ir con un gemido largo y roto contra mi hombro.

Después… la calma más dulce

Se quedó dentro un rato, abrazándome fuerte, los dos respirando agitados.
Después salió con cuidado, se quitó el preservativo y me ayudó a vestirme como si yo fuera lo más frágil del mundo.
Nos miramos en silencio, sonriendo como dos cómplices que acaban de romper todas las reglas… y no se arrepienten de nada.

—Esto no puede volver a pasar —dije, arreglándome el pelo.
Él sonrió, me besó la frente.
—Claro que no —respondió—. Al menos hasta la próxima presentación nocturna.

Y supe, en ese instante, que la lencería roja iba a convertirse en mi nuevo uniforme de trabajo. 🔥❤️

Recomendaciones basadas en noches que cambian todo

  • Un conjunto de lencería sexy roja debajo del traje de oficina puede ser el detonante más elegante del mundo.
  • Los preservativos ultrafinos son imprescindibles cuando la pasión surge sin avisar.
  • Una mesa de reuniones alta es perfecta para… ciertas alturas 😉
  • Deja que la tensión se acumule durante meses: cuando explota, es inolvidable.
  • Nunca subestimes el poder de un liguero bien puesto y una mirada que dice “sé exactamente lo que llevas debajo”.

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